Cuando terminé el C.O.U. y dada mi vocación por los ‘parájos motorizados‘ (‘viones’) me presenté al examen de ingreso en la academia militar del aire de Matacán y lo aprobé. Cuando se lo conté a mi padre, que era sastre, me dijo:
«Tengo muchos clientes que son pilotos de aviación y están todos locos«,
y no me dejó incorporarme.
Total que, tuve que pensar dónde matricularme. Tendría que ser una carrera de ‘ciencias’ ya que siempre me ha gustado ‘trastear‘. Con cinco años hice una radio (de transistores, que funcionaba perfectamente) y con siete le arreglé a mi padre el coche que nos había dejado tirados en mitad de la nada, y otras cosas sin importancia.
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Me daba igual en dónde matricularme, pero al final me decidí a hacerlo en la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Madrid. ¿Por qué?
Pues porque tenían piscina, campos de tenis, campo de fútbol sala y había una futuro ingeniero que no estaba mal (estaba muy buena). Las materias que impartieran o el mercado laboral al que al terminar te diera acceso no me importaba mucho.
Nada más llegar, me apunté a un curso de paracaidismo que allí daban instructores de la FENDA (FEderación Nacional del Deporte Aéreo). Después de una preparación física en el gimnasio de la Escuela, fuimos a realizar las prácticas al aeródromo de Sanchidrián (Ávila). Recuerdo lo costoso que era para la avioneta Piper ir ganando altura con el peso que llevaba.
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Una vez alcanzada la altitud de salto (600 metros), el instructor mandaba que saltara uno cada segundo (realmente nos daba una patada en el trasero cada segundo).

Éramos responsables de prepararnos los paracaídas (principal y de emergencia) en cada salto. En cada salto sí, pero no en el primero, en que los paracaídas ya se nos entregaban preparados por ‘paracas‘ del ejército, y tenías que realizar ese primer salto, aparte de la novedad de saltar cuando allá abajo ves las casas del tamaño de hormigas sin saber si en las bolsas llevabas la tela correctamente plegada, o habían metido un cerdito.
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