
Aquel día iba conduciendo la moto sumido en un terrible aburrimiento; para tratar de combatir tal tedioso estado, cerré los ojos y empecé a soñar despierto. Pero no me sirvió.
Entonces intenté hablar con alguien, pero no había nadie. Total, que me puse a contarme chistes.
De repente me conté uno que no me sabía. Era francamente bueno, tan bueno que de la risa que me dio casi se me parte el diafragma.
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Me entraron unas terribles ganas de contárselo a algún ser viviente. El chiste era realmente bueno.
Pero, ¿a quién?. Paré la moto y me bajé. Caminé hasta un prado despoblado en el que solo veía una solitaria vaca. Sin dudarlo, me acerqué a ella y se lo conté.
Querréis creer que la vaca no esbozó ni una triste sonrisa. ¡Ni una simple sonrisa de cortesía! Y el chiste era realmente bueno, no como los demás que cuento yo.
¡Frustrante! Me quedé totalmente decepcionado.
¡Prometo que no vuelvo a hacerlo! Nunca más le cuento un chiste a una vaca. ¡Es frustrante!
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